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Funciones ejecutivas: pensar hacia delante

11 de mayo de 2020 · Dra. Gema Díaz Blancat

Funciones ejecutivas: pensar hacia delante

En mis años de experiencia como profesora de neuropsicología y como neuropsicóloga clínica, he podido observar que las funciones ejecutivas son uno de los conceptos de la cognición humana que más cuesta comprender. En estas líneas voy a tratar de explicar, desde mi visión, qué son y por qué resultan tan importantes en nuestra vida diaria.

Las funciones ejecutivas pueden entenderse como un conjunto amplio de procesos y subprocesos que nos permiten coordinar, organizar y dirigir otras capacidades cognitivas. Gracias a ellas podemos poner en marcha planes, tomar decisiones, regular nuestra conducta y avanzar hacia una meta.

Si la memoria puede entenderse como el pensamiento "hacia atrás", es decir, hacia el pasado, las funciones ejecutivas pueden entenderse como el pensamiento "hacia delante", orientado al futuro. Quizá por eso son tan importantes. Aunque vivir sin memoria sería extremadamente difícil, la vida también sería profundamente caótica si no pudiéramos anticipar, organizar y gestionar lo que vamos a hacer.

Para fijarnos un objetivo y perseguirlo necesitamos diferentes procesos: anticipación, elección de metas, planificación, selección de la conducta adecuada, autocontrol, flexibilidad y monitorización de lo que vamos haciendo.

Funciones ejecutivas cognitivas y sociales

Las funciones ejecutivas pueden operar a corto, medio o largo plazo. Nos ayudan a organizar una tarea inmediata, a planificar una semana de trabajo o a tomar decisiones que tendrán consecuencias futuras.

Pero alcanzar un objetivo no depende solo de anticiparse, planificar y seleccionar conductas adecuadas. Muchas veces nuestros objetivos implican relacionarnos con otras personas. Por eso también existen funciones ejecutivas de naturaleza social, que nos ayudan a desenvolvernos en situaciones interpersonales complejas.

Estas funciones nos permiten resolver conflictos, detectar falsas creencias, comprender bromas, valorar juicios morales, reconocer malentendidos, captar o utilizar la ironía, entender una mentira piadosa, identificar meteduras de pata, mentir de forma intencional o experimentar emociones sociales como la culpa o la vergüenza.

Para alcanzar nuestros objetivos personales o profesionales necesitamos poner en equilibrio las funciones ejecutivas cognitivas y sociales.

Un ejemplo cotidiano

Pensemos en una situación clínica. Cuando una persona llega a consulta, debo anticiparme y preparar la sesión: los materiales, el objetivo de trabajo y el tiempo disponible. Durante la intervención tengo que ir monitorizando si estamos avanzando hacia ese objetivo o si nos estamos desviando del camino propuesto.

A veces aparece algo imprevisto que obliga a cambiar el objetivo o el procedimiento. En ese momento es necesario adaptarse de forma rápida y flexible. Además, la sesión forma parte de un objetivo más amplio y a largo plazo: dar respuesta al problema por el que la persona acude a tratamiento.

Todo esto debe hacerse encontrando el tono afectivo adecuado, mostrando empatía hacia las necesidades del paciente y su familia, y utilizando un lenguaje ajustado a lo que mi interlocutor sabe, comprende y necesita en ese momento.

Este proceso, que parece sencillo desde fuera, implica una gran complejidad cognitiva y social.

Por qué son tan importantes

Todos realizamos procesos ejecutivos muchas veces al día, en situaciones muy diferentes: organizar una mañana de trabajo, preparar una comida, resolver un problema familiar, estudiar, conducir, mantener una conversación difícil o tomar una decisión importante.

Sin funciones ejecutivas, nuestra vida sería desordenada y caótica. Nos costaría conseguir metas, mantener un puesto de trabajo, cumplir responsabilidades o sostener relaciones personales estables.

Función ejecutiva y control cognitivo

La función ejecutiva no es exactamente lo mismo que el control cognitivo, aunque son conceptos estrechamente relacionados.

El control cognitivo está vinculado con procesos como la atención, la memoria de trabajo y la inhibición. Estos procesos permiten regular la conducta, seleccionar la información relevante, mantener un objetivo activo en la mente y frenar respuestas automáticas o inadecuadas.

Necesitamos el control cognitivo para guiar la función ejecutiva y completar tareas. El entorno influye en nuestras acciones, pero también debemos ajustarnos una y otra vez a un plan interno.

Del mismo modo, es necesario un sistema atencional suficientemente consolidado para desarrollar control cognitivo y, posteriormente, una función ejecutiva eficaz. Son procesos que se van construyendo unos sobre otros: sin atención no puede desarrollarse adecuadamente el control cognitivo; sin control cognitivo, la función ejecutiva será más vulnerable.

Desarrollo y rehabilitación de las funciones ejecutivas

Sabemos que muchas de estas capacidades son propias de la edad adulta. De hecho, las áreas cerebrales implicadas en las funciones ejecutivas no alcanzan su madurez completa hasta después de los 18 años.

Precisamente por eso, estas funciones son tan importantes durante el desarrollo. De ellas dependerá, en gran medida, que seamos personas resolutivas, eficientes, organizadas y responsables.

Cuando estas capacidades no maduran adecuadamente en la infancia o la adolescencia, pueden aparecer dificultades en el aprendizaje, la conducta, la organización diaria, la regulación emocional o las relaciones sociales.

También pueden verse alteradas tras un daño cerebral adquirido, una enfermedad neurológica o un proceso neurodegenerativo. En estos casos, la rehabilitación neuropsicológica puede ayudar a entrenar, compensar y reorganizar estas funciones para mejorar el funcionamiento cotidiano.

Conclusión

Las funciones ejecutivas nos permiten pensar hacia delante. Nos ayudan a anticipar, planificar, decidir, regularnos, adaptarnos y relacionarnos con los demás.

Son esenciales para construir objetivos, resolver problemas y dar dirección a nuestra conducta. Por eso, cuando se alteran, la vida cotidiana puede volverse más difícil, desorganizada y frustrante.

Comprenderlas es el primer paso para detectarlas, evaluarlas y trabajar sobre ellas.

Neuropsicología GDB