Una de las preguntas más frecuentes sobre el envejecimiento es si se puede hacer algo para prevenir el deterioro cognitivo. La respuesta corta es que no existe una fórmula mágica ni una garantía, pero la respuesta larga es mucho más esperanzadora: hay bastante que sí depende de nosotros. No todo está escrito en los genes.
Es importante entenderlo bien para no caer ni en el fatalismo ni en falsas promesas. Tener antecedentes familiares o ciertos factores de riesgo no condena a nadie, igual que cuidarse no ofrece una protección absoluta. Pero, a lo largo de la vida, muchas decisiones cotidianas van sumando o restando salud al cerebro. Y es ahí donde tenemos margen para actuar.
Un factor central es la salud cardiovascular. Lo que es bueno para el corazón es bueno para el cerebro, porque este depende por completo de un buen riego sanguíneo. Controlar la tensión arterial, la diabetes y el colesterol, no fumar y moderar el alcohol son medidas que protegen las arterias y, con ellas, las neuronas. Buena parte de lo que daña al cerebro con la edad tiene que ver con la salud de sus vasos.
El ejercicio físico es, probablemente, una de las herramientas más potentes y de las más infravaloradas. La actividad física regular mejora el riego cerebral, favorece la creación de nuevas conexiones y se asocia de forma consistente a un menor riesgo de deterioro cognitivo. No hace falta ser deportista: caminar a buen ritmo, moverse cada día y evitar el sedentarismo ya marcan una diferencia notable.
A esto se suman otros pilares bien conocidos. Dormir bien, porque durante el sueño el cerebro consolida la memoria y se "limpia" de desechos. Mantener una alimentación equilibrada, de tipo mediterráneo. Cuidar la audición y la visión, porque cuando dejamos de oír o de ver bien, el cerebro recibe menos estímulos y se aísla. Y mantenerse mentalmente y socialmente activo: aprender cosas nuevas, relacionarse, tener proyectos e ilusiones. Todo ello construye lo que llamamos reserva cognitiva, una especie de colchón que ayuda al cerebro a resistir mejor el paso del tiempo y la enfermedad.
También conviene no olvidar la salud emocional. La depresión, el estrés crónico y la ansiedad mantenida no solo hacen sufrir: también afectan a la memoria y a la concentración, y se relacionan con un mayor riesgo a largo plazo. Cuidar el ánimo, pedir ayuda cuando hace falta y atender el bienestar psicológico forma parte, de pleno derecho, del cuidado del cerebro.
La buena noticia de todo esto es que la mayoría de estos factores están, al menos en parte, en nuestras manos. No se trata de obsesionarse ni de buscar la perfección, sino de ir tomando, a lo largo de los años, decisiones que cuiden el cuerpo y la mente a la vez. El cerebro agradece, día a día, que vivamos de una forma que también lo proteja a él.