← Volver al blog

El adolescente y la inmediatez: atención, recompensa y un cerebro en obras

14 de febrero de 2024 · Dra. Gema Díaz Blancat

El adolescente y la inmediatez: atención, recompensa y un cerebro en obras

Muchas familias llegan a consulta con una preocupación parecida: su hijo o hija adolescente parece incapaz de esperar, de aburrirse, de mantener la atención en algo que no le dé una recompensa inmediata. Antes de alarmarnos, conviene entender qué está pasando en ese cerebro, porque buena parte de lo que vemos tiene una explicación, y no toda la culpa es de las pantallas.

El cerebro adolescente es, literalmente, un cerebro en obras. Durante esta etapa se produce una reorganización profunda. Y hay un desfase muy importante: las regiones relacionadas con la emoción y con la búsqueda de recompensa maduran antes que la corteza prefrontal, la zona encargada del autocontrol, la planificación y el freno de los impulsos. Es como tener un coche con un acelerador muy potente y unos frenos que todavía se están terminando de instalar. Esto no es un defecto, sino una fase normal del desarrollo, pero explica muchas conductas típicas de la edad.

Sobre ese cerebro especialmente ávido de novedad y recompensa llega un entorno hecho a medida para estimularlo sin descanso. Las redes sociales, los videojuegos y el contenido breve están diseñados para ofrecer pequeñas dosis de gratificación constante: un "me gusta", un vídeo nuevo, una notificación. Cada una de esas microrrecompensas activa los mismos circuitos que nos empujan a repetir la conducta. No es que el adolescente sea débil; es que el diseño es muy eficaz, y choca de lleno con un sistema de autocontrol que aún está madurando.

¿Qué efecto tiene esto en la atención? El problema no es tanto que los jóvenes "no puedan concentrarse" como que se acostumbran a un ritmo de estímulos altísimo. Cuando el cerebro se habitúa a recibir recompensas cada pocos segundos, las tareas que requieren esfuerzo sostenido y cuya recompensa llega más tarde (estudiar, leer un texto largo, practicar algo difícil) resultan comparativamente aburridas y cuesta mucho más engancharse a ellas. La capacidad de tolerar el aburrimiento y de esperar, que es fundamental para aprender, se entrena poco.

Y aquí está, quizá, lo más importante: precisamente porque el cerebro está en pleno desarrollo, esta etapa es una gran oportunidad. Todo lo que se practica deja huella. Ayudar a un adolescente a sostener la atención, a tolerar la frustración, a posponer una recompensa o a aburrirse sin huir de inmediato a la pantalla no es solo una cuestión de disciplina: es entrenar circuitos cerebrales que se están construyendo justo ahora y que le acompañarán toda la vida.

Esto no significa demonizar la tecnología, que forma parte de su mundo y tiene cosas muy valiosas. Significa acompañar. Poner límites con cariño y coherencia, proteger los tiempos de sueño, reservar espacios sin pantallas, dar ejemplo (porque los adultos también vivimos enganchados a la inmediatez) y valorar el esfuerzo y la espera. No se trata de frenar a los adolescentes, sino de ayudarles a instalar bien esos frenos mientras el cerebro todavía está en obras.